Chau Facebook

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Ya tenía casi dos años que prácticamente no usaba mi cuenta de Facebook, pero hasta hace un par de semanas la mantenía activa por inercia. Pensaba que con no usarla me era suficiente, que no podía hacerme daño el tenerla activa por si algún día se me ocurría, a lo mejor, contactar a alguien a quien no pudiese contactar de otra manera.

Pero no me costó demasiado ver la trampa en ese razonamiento. Primero, la probablidad de no poder contactar a alguien por una vía diferente a Facebook, dado lo enormemente fácil que resulta comunicarse con cualquier persona hoy en día a través de internet, es prácticamente nula.

Segundo y más importante: si es verdad que Facebook es la única manera de comunicarme en línea con una persona en particualr, y si es verdad que desde hace un par de años ni siquiera hemos hecho un esfuerzo mutuo para intercambiar direcciones de email… entonces nuestra conexión sencillamente no es lo suficientemente genuina y nuestra “amistad” de Facebook es simple y llanamente una ilusión que no tiene sentido mantener.

Y es que en realidad eso es de lo que se trata Facebook: de banalizar el uso de internet y de las conexiones que puede establecer entre las personas, hasta el punto de convertirse en una especie de juego virtual en el que se compite por ver quién logra acumular más “amigos” con los que no se tiene prácticamente nada en común desde lo que se pueda crear una conversación mínimamente constructiva y enriquecedora. De fomentar una entumecedora cultura de la adhesión que favorezca la explotación comercial inescrupolosa y la manipulación política a mansalva. De reproducir ese sopor que induce, precisamente, a hacer las cosas por inercia, tal como la televisión termina transformando a tantos en zombies adictos al zapping y susceptibles de comprar cualquier cosa que se les publicite por poco que le aporte realmente a su bienestar.

Mantener mi cuenta abierta en Facebook, aunque no la usase, hubiese sido como aportar un granito de arena al éxito de ese modelo de negocio mediático que choca tan frontalmente con muchas de mis convicciones más arraigadas. Al fin y al cabo, el número de usarios registrados sigue siendo una métrica importante para llegar a las valoraciones hiperinfladas que les dan los mercados de capitales.

Pero además, el poco tiempo que pasaba en Facebook me resultaba sumamente tóxico. La gran mayoría de los contactos que tenía posteaba la mayor parte del tiempo sore temas que no me aportaban nada más que ruido. Para colmo, a muchos de ellos los conozco en persona, y con la paranoia creciente en cuanto a lo que significa que alguien “deje de ser tu amigo” en Facebook me resultaba bastante incómodo desvincularme de nadie en particular, no fuesen a tomárselo como un insulto.

Así que de momento me limito a mantener presencia en Twitter. Me parece mucho más simple, con una plataforma que se presta menos a la manipulación marketinera rampante, y en el que puedo limitar a mi antojo a quién sigo y a quién no, independientemente de que me sigan o no. También tengo una cuenta en LinkedIn a manera de CV y lista de contactos profesionales que de alguna manera u otra me interesa mantener.

Pues ahí está: un pasito más en dirección de una vida con menos ruido informativo, menos relaciones superfluas y menos contribución pasiva a organizaciones contrarias a mis convicciones.

Un pasito más en pos del minimalismo existencial.

Sobre El Tiempo, el Cambio Tecnológico, Píldoras Rojas y Leyendas Urbanas

Hace unos días bromeábamos con Juan Urrutia acerca de la leyenda urbana que le atribuye poderes generadores de sincronicidades al álbum Dark Side of the Moon de Pink Floyd.

Desde entonces, Time, el tema del álbum que Juan comentaba en su post, me invade la cabeza de vez en cuando. Y como no se me va hasta que lo escucho completo al menos un par de veces, me vi obligado a recopilar cuanta versión he encontrado por ahí.

Y la verdad es que a pesar de tanto buscar, me di cuenta de que nada, NADA, supera a la original:

Pero no fue sino hasta hace un par de días que entendí que la persistencia de la canción tenía que deberse a algo así como una asociación subconsciente de varias lecturas recientes que tienen en común el tiempo como temática central.

O para hacer honor a la leyenda urbana, podría decirse que la canción me hizo una jugada doblemente irónica al usar el concepto de tiempo, que es la dimensión en la que se supone que sucede el fenómeno de la sincronicidad, para hacerme tropezar sincronísticamente con una serie de temas :D

En cualquier caso, aquí van los temas en los que he estado pensando y las lecturas de las que se derivan:

“Zonas Temporalmente Autónomas” de Hakim Bey

Libro estrambótico pero fascinante, parte del itinerario indiano. El planteamiento central de Bey es que dada la formidable hegemonía del estado-nación y el entramado de estructuras de control social que se derivan de éste, la libertad solo es alcanzable a través de un anarquismo ontológico: liberar nuestras mentes de los mecanismos predominantes de control social no es solo necesario, sino suficiente para ser genuinamente libres.

Pero además el estado de liberación solo puede experimentarse plenamente de manera transitoria: todo intento de hacer la experiencia permanente la robará necesariamente de espontaneidad, estructurándola y ahogando el impulso creativo. De ahí que Bey proponga la zona temporalmente autónoma, espacio de relación social inspirado en la revuelta y la fiesta identitaria, como ámbito ideal para experimentar plenamente la libertad.

Sabes Neo, lo de la píldora roja sería, a fin de cuentas, contraproducente. Mejor desarrollar el arte de generar  glitches en el Matrix, y concentrarnos en celebrar los momentos de deliciosa y efímera lucidez que provocan...
Sabes Neo, lo de la píldora roja sería, a fin de cuentas, contraproducente. Mejor desarrollar el arte de generar glitches en el Matrix, y concentrarnos en celebrar los momentos de deliciosa y efímera lucidez que provocan…

El anarquismo ontológico y la zona temporalmente autónoma de Bey me recordaron a ratos la poderosa noción de servidumbre voluntaria de La Boétie; también evocan una lúcida, poética intuición sobre nuestra capacidad para forjar espacios de libertad a la sombra del sistema simplemente ignorándolo, impidiéndole que nos robe la capacidad de vivir hoy como queremos a pesar de su abrumador, aunque decadente poder. Los dos conceptos reverberan con el legado libertario de los sesenta en todo su esplendor creativo (Time vuelve a retumbar en mi cabeza), pero también en toda su nebulosidad New Age, revivida a finales de los 80 en paralelo a la cultura del rave electrónico.

No hace falta mucho análisis para percatarse que éstos últimos han contribuido más a reforzar impulsos evasivos que forman parte del inventario de patologías características de la descomposición social, que a inspirar movimientos genuinamente libertarios, cohesionadores y generadores de sentido.

“El Shock del Presente” de Douglas Rushkoff

No leí el libro, sólo el resumen en formato PDF. Parafraseo del fenómeno que vaticinaba Alvin Toffler a principios de la década del 70 en su libro El Shock del Futuro: un ritmo de cambio tecnológico tan rápido y radical que nuestra capacidad de adaptación se ve superada, al punto de abrumarnos psíquica y moralmente.

Según Rushkoff, más que un mundo que cambia demasiado rápido, la tecnología nos ha impuesto una forma de ser y percibir el mundo que se caracteriza porque todo parece estar sucediendo simultáneamente; una suerte de “presentismo”, de adicción a la inmediatez exacerbada por el incansable bombardeo de pings, mensajes de texto, feeds de Twitter y alertas de Google.

La verdad es que de lo que he leído de Rushkoff, esto es lo que menos me ha gustado. Por un lado, pareciera que Rushkoff admite que el problema no es la ubicuidad de la tecnología en sí misma, sino el mal uso que se le da en el contexto autoritario típico de las grandes organizaciones centralizadas que todavía predominan en un capitalismo que no ha salido del todo de la era industrial:

Lo que me causa ansiedad no son los emails acumulándose en la bandeja de entrada: es la expectativa de la gente al otro lado de esos emails. La expectativa de que tengo que responder en minutos o segundos. Es el jefe que cree que una computadora es razón suficiente para vigilar cada uno de los tecleos de los trabajadores

.

Pero después Rushkoff parece contradecirse, concluyendo que a medida que se intensifica el avance tecnológico y la economía transiciona hacia el modo de producción p2p, en el que no hay cabida para grandes organizaciones jerárquicas, la tendencia hacia el presentismo exacerbado también se intensifica, como si se tratase de una consecuencia inevitable de la naturaleza misma del avance tecnológico.

También pareciera que Rushkoff subestima la capacidad de la gente para autoregular su uso de la teconología. Incluso si fuese cierto que la ubicuidad de la teconología contribuyese en sí misma a perturbar nuestra psique en el contexto de una economía en la que predominase las redes dristribuidas como forma organizacional, ¿no cabría esperar que este tipo de sociedad, precisamente por su estructura comunicacional distribuida, generase ideas útiles para afrontar el problema y facilitase el acceso a ellas como nunca hubiese sido posible en el contexto de comunicaciones descentralizas del capitalismo industrial?

Por ejemplo, la temática del minimalismo existencial, que precisamente ha florecido en los últimos años gracias al primer medio de comunicación verdaderamente distribuído, la blogsfera, trata en gran medida sobre como aprender a minizar el potencial impacto negativo que las tecnologías de la información puedan tener sobre nuestra capacidad de concentración, atención, producción intelectual, niveles de stress, y otros aspectos de nuestra psique.

"Vamos Neo, a practicar un poquito de Tai Chi, que ni siquiera tomarte la píldora roja va a impedir que a veces te sientas algo abrumadito por la cantidad de información a la que tendrás acceso..."
“Vamos Neo, a practicar un poquito de Tai Chi, que ni siquiera tomarte la píldora roja va a impedir que veces te sientas algo abrumadito por la cantidad de información a la que tendrás acceso…”

Buena parte de esa temática gira alrededor del concepto de como ejercitar nuestra capacidad para la consciencia plena o mindfulness. Y en realidad no se trata de un problema escencialmente nuevo: desde el momento en el que empezamos a usar la palabra escrita como tencología comunicacional sufrimos una revolución cognitiva que perturba nuestra psique, generando hiperreflexividad (que se caracteriza más bien por la compulsiva fijación de la atención en el futuro, en lugar de en el presente), nuestra moderna tendencia a la neurosis, y nuestra exploración de técnicas para recuperar la concienca plena.

Sería interesante analizar también hasta qué punto las patologías de las que habla Rushkoff en su ensayo son mucho más prevalentes en las redes de comunicación centralizadas tipo Facebook o Twitter que en las redes distribuidas como la blogsfera. Al fin y al cabo, la cultura de la adhesión pareciera alimentar y alimentarse de esa propensión a someterse pasivamente a un jaloneo informacional invasivo y manipulador, que explota los patrones de conducta gestados durante siglos de hegemonía de sistemas mediáticos centralizados, o a lo sumo, descentralizados. Algo por el estilo planteó el mismo Rushkoff como razones para cerrar su cuenta de Facebook.

“Sobre los Automóviles Voladores y las Rentabilidades Decrecientes” de David Graeber

Éste ensayo de Graeber también toma el Shock del Futuro de Toffler como referencia, pero contradice frontalmente la opinión de Rushkoff de que supuestamente ya estamos “inmersos en el shock”, planteando que en realidad nunca llegamos a alcanzar el estado de desarrollo tecnológico que Toffler vaticinaba. Plantea que el libro encontró tan buena recepción porque resonó con el tema que más preocupaba a las élites políticas y empresariales desde finales de los 50: cómo regular institucionalmente el cambio tecnológico de manera que alterara lo menos posible la estructura de poder que resguarda los valores sociales y las rentas oligopolísticas del capitalismo corporativo.

A diferencia del capitalismo que predominaba en Inglaterra durante la revolución industrial y hasta un siglo después, caracterizado por una combinación de altas finanzas y pequeñas empresas familiares, el capitalismo corporativo fue creado por Estados Unidos y Alemania, las dos potencias que se pasaron la primera mitad del siglo veinte peleando dos guerras por arrebatarle a Inglaterra el rol de potencia mundial dominante; guerras que culminaron en programas científicos gubernamentales con el objetivo primordial de ver quién descubría primero la forma de producir la bomba atómica.

Desde entonces, la mayor parte de la investigación y desarrollo tecnológico es realizada por enormes organizaciones burocráticas, con el agravante de que con el fin de la carrera espacial de la guerra fría, se cerró el único área de investigación que competía seriamente con la tecnología armamentista en la asignación de fondos estatales: hoy en día, el Pentágono realiza el 95% de la investigación en robótica en Estados Unidos. Por otro lado, la mayor parte de la inversión corporativa en investigación y desarrollo se lleva a cabo en tecnologías médicas y de la información.

Ésto, sumado a esquemas como la “propiedad intelectual” que acaparan el procomún de conocimiento, y el ataque sistemático del estado a movimientos sociales que proponen esquemas alternativos para generar la cohesión y solidaridad que amortiguaría el traumático proceso de transición tecnológica, obstaculizan enormemente la materialización de innovaciones revolucionarias como la robotización total de la producción industrial, las tareas del hogar, y otras formas de trabajo rutinario y deshumanizante que implicarían verdaderos aumentos radicales de nuestra calidad de vida. Graeber nos recuerda que mucho de eso había en lo que Abbie Hoffman imaginó como utopía en aquella época en la que Time se consagraba como uno de los súper hits de todos los tiempos.

Pero Graeber considera que el peor de todos los obstáculos es el efecto pernicioso que la burocratización de la sociedad característica del capitalismo neoliberal ha causado sobre nuestra capacidad de imaginar sistemas económicos alternativos consistentes con una sociedad tecnológicamente compleja. Para lograr esto, es necesario eliminar también nuestra capacidad de imaginar un futuro tecnológico radicalmente distinto.

"A ver, cómo te lo explico... más que de una prisión para tu mente, de lo que se trata es de una prisión para la capacidad específica de tu mente que le permite proyectarse imaginativalmente en el tiempo hacia el futuro..."
“A ver, cómo te lo explico… más que de una prisión para tu mente, de lo que se trata es de una prisión para la capacidad específica de tu mente que le permite proyectarse imaginativalmente en el tiempo hacia el futuro…”

Por eso la ideología predominante promueve la ilusión de que el progreso tecnológico continúa, que vivimos en un mundo de maravillas tecnológicas, pero que esas maravillas toman la forma de mejoras modestas (“¡el último iPhone!”), rumores de invenciones que están a punto de suceder (“he escuchado por ahí que el año que viene tendremos automóviles voladores”), formas complejas de hacer malabares con la información y las imágenes, nuevas drogas como el Prozac para calmar los síntomas de la alienación laboral, y formas más complejas de llenar planillas y formularios con computadoras.

Graeber llama a ésto el fin de las “tecnologías poéticas”: el uso de medios racionales y técnicos para hacer reales nuestas más salvajes fantasías. Paradójicamente, a pesar de las catastróficas consecuencias de gran parte de sus proyectos de ingeniería social, la burocracia soviética marcó el clímax de estas tecnologías: desde el sueño de la revolución mundial hasta los intentos de acabar con el hambre en el mundo cultivando el océano con spirulina, o el lanzamiento de cientos de plataformas de páneles solares a la órbita para radiar electricidad de vuelta a la tierra.

Por el contrario, la cultura burocrática neoliberal, con su interpenetración creciente entre el estado, las corporaciones y las universidades, ha llevado a todo el mundo a adoptar el lenguaje, las formas organizacionales y las sensibilidades originadas en el mundo corporativo. Y aunque ésto le da una ventaja sobre la cultura burocrática soviética para crear productos mercadeables, las consecuencias en términos de incentivos para realizar investigación verdaderamente original son catastróficas.

No es de extrañarse entonces que Graeber vea la luz al final del túnel en el modelo de innovación característico del movimiento del software libre, la impresión 3D y otras formas de empresarialidad de pequeña escala con visiones de futuro verdaderamente osadas: islas de poesía tecnológica en un océano de agobiante prosa tecnocrática.

“Los Futuros que Vienen” de David de Ugarte

El mensaje central del libro es que esa capacidad para imaginar un futuro liberador para la humanidad entera que tanto añora Graeber y que fue tan progresivo en los albores de la era industrial, no tiene cabida como fuerza movilizadora en un mundo que se organiza crecientemente bajo la lógica de las redes distribuídas. Y es que esa noción de futuro es parte de un ideario universalista producto del nacimiento del estado nación, que le sirve de sustento ideológico tanto como la burocracia, que tan acertadamente critica Graeber, le sirve de base organizacional.

Los que supieron sacar provecho de la disminución de la escala óptima de producción, la apertura de los mercados y el crecimiento exponencial de internet a partir de los años 90, conformaron un nueva pequeña burguesía que se identifica e interactúa más con sus pares esparcidos por el mundo que con sus naciones de origen, por lo que la lógica universalista dejó de calar en sus mentes y sus almas.

Pero la mayor parte de las clases medias quedaron a merced de la descomposición: el estado, por un lado, al quedar capturado por las élites corporativas y grupos de interés que se niegan a arriesgar sus privilegios, impide que la globalización alcance un nivel de desarrollo que le permita al grueso de la población acceder a posiblidades de competir; pero debido al drenaje al que queda sometido tras la captura, el estado también pierde su capacidad para mantener la extensión de las redes clientelares que hasta entonces mantenían niveles mínimos de cohesión social.

Al igual que la nueva pequeña burguesía, los descolgados de la globalización tampoco pueden seguir creyendo en el discurso que sustenta a la democracia: la cruda realidad del capitalismo de amigotes les es demasiado evidente. Pero incapaces de deshacerse del imaginario universalista, son carne de cañón para nuevos movimientos políticos y sociales que intentan revivirlo, construyendo discursos que manipulan el sentimiento básico en el que necesariamente se basan las ideologías que conciben al mundo desde los grandes agregados: el miedo. En estos discursos la idea de un futuro universalista, un porvenir reluciente o catastrófico para todos, es fundamental:

Lo que en EEUU genera el Tea Party, en Venezuela genera el chavismo y en Palestina a Hamas. Lo que en Somalia abre paso a una al Qaeda local, Al Shebah, en Michoacán da lugar a la familia; lo que en Rusia produce el fenómeno Putin en EEUU y la UE se manifiesta como leyes tendentes a la sociedad de control.

En este contexto, no es de extrañarse que paralelamente se desencadene un fenómeno igualmente regresivo en Internet, con el auge de los libros de cromos que explotan la incapacidad de las masas para construir conversaciones empoderadoras e interactuar con independencia de las cada vez más estridentes agendas políticas que las arrastran hacia una cultura de la adhesión.

En su ensayo, Graeber ve la sensibilidad postmoderna–el sentimiento de que entramos en un período histórico sin precendente en el que entendemos que las grandes narrativas históricas de progreso y liberación carecen de significado–como un intento desesperado de tomar lo que de otra manera hubiese sido un amargo desengaño y disfrazarlo de algo marcador de época, novedoso y estimulante. David lo interpreta como la consciencia del fin del proyecto ilustrado, como su último y trágico momento de lucidez.

Por eso es que David coincide con Graeber en que el modelo de innovación del movimiento del software libre y de la empresarialidad que florece a partir de la reducción de las escalas óptimas de producción que en gran medida ya conforman esa nueva y global pequeña burguesía, es supremamente esperanzador; pero destaca que la nostalgia por una noción universalista de futuro es radicalmente inconsistente con el etos que le sirve de motor.

La única noción de futuro compatible con los que han dejado de creer en los fantasmas del universalismo es comunitaria: un futuro particular, para las pocas y verdaderamente importantes personas con nombre y apellido con las que construimos nuestra cotidianidad. Una noción de futuro basada en comunidades reales.

Si las redes distribuidas del siglo XXI han de recuperar la poesía tecnológica que añora Graeber, es precisamente porque se basan en el relato lírico que busca la conversación, no la adhesión; todo lo contrario al discurso sacrifical y rayante en lo mesiánico de la épica que conforma los mitos universalistas de la izquierda desde los setenta.

O como lo expresó ese personaje que andaba por ahí sacudiendo al mundo con ideas tan irreverentes como las cazadoras de cuero negro que vestía por aquella época en la que Time retumbaba con ecos psicodélicos (el énfasis es mío):

Michel Foucault
Michel Foucault

Hablar de un «conjunto de la sociedad» fuera de la única forma que conocemos, es soñar a partir de los elementos de la víspera. Se cree fácilmente que pedir a las experiencias, a las estrategias, a las acciones, a los proyectos tener en cuenta el «conjunto de la sociedad» es pedirles lo mínimo. El mínimo requerido para existir. Pienso por el contrario que es pedirles lo máximo; que es imponerles incluso una condición imposible: puesto que «el conjunto de la sociedad» funciona precisamente de manera y para que no puedan ni tener lugar, ni triunfar, ni perpetuarse. «El conjunto de la sociedad» es aquello que no hay que tener en cuenta a no ser como objetivo a destruir. Después, es necesario confiar en que no existirá nada que se parezca al conjunto de la sociedad.

Paradójicamente, el enfocar nuestras energías en crear un futuro alentador para nuestras comunidades reales en el contexto de mercados cada vez más interconectados y liberados, nos da una base mucho más racional para creer que ese modelo comunitario se esparza eventualmente por el mundo como un virus de la abundancia; una especie de “efecto mano invisible” en el que el interés propio deja de ser tan estrecho como el del tradicional homo oeconomicus, pero se ensancha solo en la medida que sensatamente cabe esperar dados los límites de nuestra naturaleza emocional y cognitiva para crear lazos de genuina fraternindad:

Nos han enseñado en la escuela que esos tamaños no cuentan en el gran relato, que no cambian las cosas. Pero no es verdad. Esa gran teogonía de nuestro tiempo que es la Historia que se enseña en secundaria, olvidó decirnos que los mismos monasterios que ocupaban las páginas sobre la Edad Media rara vez llegaron al centenar de miembros, que los famosos gremios por lo general rondaban la decena de artesanos. Como ellas, las comunidades reales de hoy que son capaces de pensar, actuar y crecer sin alienarse en objetos sociales abstractos tienen un fuerte impacto en su entorno. Necesitan, claro está, de dos herramientas que resultan revolucionarias en la descomposición: una economía comunitaria resiliente y libre interconexión en el mercado.

HE FUTURE IS OUR WORLD, MORPHEUS.
THE FUTURE IS OUR WORLD, MORPHEUS. THE FUTURE IS OUR TIME.

Minimalismo no Implica Decrecionismo

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He notado cierta tendencia entre algunos practicantes del minimalismo existencial a creer que el decrecionismo es su concecuencia lógica en el ámbito colectivo.

Pero la verdad es que el razonamiento que explica el decrecionismo como resultado del minimalismo existencial hace aguas por todos lados:

  • El minimalismo abraza el poder de la productividad, y por lo tanto de la tecnología y la creatividad, para generar abundancia. El decrecionismo lo niega. Es difícil imaginar una manera más elegante de traducir el concepto de productivdad (el cociente entre la cantidad producida y los medios utilizados para obtenerla) al ámbito de la arquitectura que el “menos es más” de Mies van der Rohe: un proceso creativo que consiste en maximizar el impacto estético a través de la minimización de los elementos ornamentales. El minimalismo existencial es la generalización filosófica de este concepto: el proceso creativo de descubrir lo verdaderamente importante, y descartar lo innecesario, para una vida plena de significado. El decrecionismo, al adoptar una visión de tan poca fé en el poder de la productividad para lograr crecimiento económico ahorrador de recursos, es incoherente con la celebración minimalista de la productividad. De hecho, el decrecionismo parece plantear una vuelta atrás hacia un primitivismo que niega a la tecnología, motor primordial de la productividad, como área fundamental de expresión creativa.
  • El decrecionismo acierta en señalar al capitalismo industrial de producción masiva como causa de la mayor parte de nuestros problemas medioambientales y sociales; pero se equivoca en asumir que es la única forma viable de producción. Por el contrario, el minimalismo existencial es consistente con una actitud optimista en cuanto al poder creativo de la tecnología para minimizar el tamaño óptimo de las undidades productivas, maximizando el estándard de vida (aunque no necesariamente el valor del producto interno bruto tal como se mide actualmente) con un mínimo impacto medioambiental, y creando las bases para un profundo cambio cultural.
  • Frente al consumismo, el decrecionista propone la pobreza como virtud. El minimalista ve el consumismo como síntoma de una vida carente de significado, por lo que propone enfocar radicalmente la atención, el tiempo y la energía en unas pocas personas y proyectos con los que podamos construir una vida llena de significado. Si descartamos de nuestras vidas todo lo carente de sentido, no necesitaremos un nivel de vida demasiado alto para realizarnos; pero éste sigue siendo definitivamente mucho más alto de lo que miles de millones de personas en el mundo pueden permitirse hoy en día. En contraposición a las escalofriantes propuestas de reducción poblacional hacia las que convergen las corrientes decrecionistas, el minimalismo existencial es perfectamente consistente con un modo de producción generador de abundancia tendiente a elevar el nivel de vida de todos a ese mínimo indispensable para la realización personal. Y tampoco hay nada en el minimalismo existencial que implique un techo a la cantidad de riqueza que cada quien desee acumular a partir de ese mínimo indispensable, siempre que ésta sea compatible con una vida plena de significado para el que la acumule.

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Foto por hooverine

Armas de Destrucción Creativa

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Acabo de terminar de leer La Ética del Hacker y el Espíritu de la Era de la Información de Pekka Himanen.

Hacía tiempo que no sentía que leía un libro justo en el momento que tenía que leerlo. Me ayudó a integrar y asentar un montón de ideas relacionadas con el significado como clave para el trabajo verdaderamente gratificante sobre las que he estado reflexionando desde hace más de tres años.

Hacker, según Himanen, no es solo el desarrollador de software libre; es todo aquel que ve su trabajo como una actividad apasionada que le permite generar valor para la comunidad a través del uso creativo de su talento.

Es así como el libro, enfatizando la creatividad como la fuente que da significado a la actividad del hacker, rescata el concepto de la innovación como fuerza de cambio revolucionaro; concepto que ha sido tristemente devaluado como ninguno a fuerza de repetición marketinera, de mil y un libros escritos por gurúes de la gerencia corporativa durante las últimas tres décadas.

Y es que el concepto de innovación del que hacen uso y abuso las escuelas de negocio y sus gurúes se reduce casi siempre a una versión refrita de la destrucción creativa Schumpeteriana, que pensada como lo fue en el contexto del auge y consolidación del capitalismo industrial, denota una ceguera notable en cuanto a como el sistema de patentes hace el proceso mucho menos destructivo, y mucho menos creativo, de lo que puede ser en un mundo de mercados liberados de “derechos de propiedad intelectual”, en una sociedad predominantemente organizada en redes; en el capitalismo que viene.

De hecho, la centralidad de la libertad de acceso a la información como valor de la ética hacker, y como corolario, su promoción de la lucha contra el régimen de patentes, construyen un discurso que pone en cuestión uno de los bastiones fundamentales de la estructura de poder que sostiene al capitalismo industrial. Y dado el papel que han jugado las escuelas de negocio en la legitimación del ideal tecnocrático desde comienzos del siglo pasado, y de la clase profesional a la que pertencen la mayoría de aquellos que conforman la red de amigotes que capturan buena parte de las rentas generadas por el sistema, no es de sorprenderse que la “propiedad intelectual” se asuma como condición fundamental para esa versión light de innovación, diluída en su capacidad corrosiva de estructuras creadoras de escasez artificial.

La versión Schumpeteriana de la destrucción creativa es consistente con lo que Himanen identifica como concepto fundamental de la ideología que sustenta al capitalismo industrial: la “ética protestante del trabajo”, según la denominó Max Weber en su ensayo La Ética Protestante y el Espíritu del Capitalismo (1904-1905): la noción de trabajo como un deber que debe cumplirse con independiencia de en qué consista y sin importar demasiado si se basa en la utilización de las facultades personales del individuo.

Con todo, la tecnología siguió avanzando inexorablemente a pesar de los formidables obstáculos impuestos por el marco institucional del capitalismo industrial, lo que dispara, sobre todo a partir de la posguerra, la tendencia que promete volar en pedazos el orden económico actual de una manera mucho más drástica que lo que cabe concebir dentro del paradigma Schumpeteriano: la drástica reducción de las escalas óptimas de producción, preparando el terreno para la transición a la sociedad red.

El mensaje fundamental que tomé del libro de Himanen es que para hacerle frente a la inevitable turbulencia de la transición de manera resiliente, y he hecho, como condición fundamental para poder florecer económicamente en el capitalismo que viene, es inevitable sufrir un proceso de auto-transformación individual que nos libere de la ética protestante del trabajo y nos lleve a adoptar la ética hacker.

En este sentido, la literatura tradicional de gerencia es también en su gran mayoría inservible. Himanen hace un excelente trabajo de deconstrucción de las ideas propuestas por el movimiento de autoayuda liderado por autores como Anthony Robbins y Stephen Covey, demostrando que no son más que una re-adaptación ramplona de la ética protestante del trabajo adornada de metáforas computacionales de “auto-programación”, más útiles para sobrevivir haciendo carrera dentro de las cada vez menos relevantes jerarquías corporativas que para florecer en la sociedad red. Ni qué decir de otros mega-hits como ¿Quién se ha llevado mi queso? de Spencer Johnson, en el que se recomienda de manera casi descarada que la mejor manera de navegar la inevitable tormenta de cambios necesarios para superar la descomposición del sistema es pensar lo menos posible sobre sus causas fundamentales.

En cuanto al problema aún más crucial de cómo construir nuevas relaciones interpersonales y con el entorno para afrontar los múltiples problemas que acechan durante la transición, la literatura gerencial popular es, en general, aún más inservible. Si se entiende la estructura de incentivos inherente al sistema y su inevitable tendencia hacia la descomposición, es imposible evitar concluir que el concepto de “responsabilidad social corporativa” es un oxymoron insoslayable que no puede aportar nada a la discusión de como crear nuevas formas de cohesión social, de comunidades resilientes que no solo amortigüen el impacto de la crisis, sino que salgan fortalecidas en el proceso.

Para “exorcizarnos” de la ética protestante del trabajo y acercarnos a la ética hacker, el primer paso es dejar de racionalizar la profunda insatisfacción que podamos estar sintiendo en el plano laboral y aceptarla por lo que es: la consecuencia inevitable de la disfuncionalidad de un sistema social en descomposición.

Al menos en mi caso, ese primer paso me dio el coraje para hacer borrón y cuenta nueva, reorientando radicalmente mi carrera, y mi vida, hacia el significado.

El proceso es duro porque una vez comenzamos a sincerarnos con nuestra insatisfacción y aprendemos a descubrir todas las aspiraciones que hemos dejado de lado y los aspectos de nuestra personalidad que hemos reprimido para adaptarnos a una vida laboral convencional, se desata una cantidad enorme de energía psíquica que es, de nuevo, escencialmente destructiva, porque nos da la fuerza para derrumbar nuestro apego a un paradigma que hemos superado; pero si no logramos transmutar la destructividad de esa energía hacia la creatividad y el crecimiento, puede abrumarnos, confundirnos y hundirnos en la crisis.

Una vez dado el primer y fundamental paso de la autosinceración y aceptación de la necesidad de cambio, es imperativo que nos aboquemos a reconstruir nuestra manera de relacionarnos con el otro y de interactuar con nuestro entorno. Y para eso, pocas cosas hay mejores que abrir un blog y ponernos a escribir; porque escribiendo no solo aprendemos a encontrarnos, sino también a contarnos. Y contarse a través de un blog es la manera más fundamental y más pura de empezar a forjar conexiones genuinas y construir las comunidades en las que apoyarnos para aprender juntos a vivir arrebatados por el cambio. Verdaderas armas de destrucción creativa que hay que aprender a usar cuanto antes.

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Foto por interarura

El Poder del Mínimo Indispensable

Herramienta basica

La lista diaria es quizás la herramienta más básica de productividad minimalista. Yo la he usado de una forma u otra durante los últimos dos años con niveles variables de éxito.

Pero para el 2013 quiero usarla de manera más sistemática, basándome en los siguientes principios:

1) La lista debe estar estrictamente limitada a un máximo de 5-7 tareas, y lo que es aún más importante,

2) las tareas a incluir en la lista no solo tienen que ser conducentes a lograr un cambio significativo a través de la implantación de hábitos positivos en alguna de las áreas más importantes de mi vida, sino que también,

3) tiene que haber sinergia entre todas las tareas, de manera que el hacer cualquiera de ellas contribuya en alguna medida a crear el impulso que facilite la realización de cualquier otra.

En definitiva, a pesar de ser tan simple, armar una lista diaria de manera óptima es un arte que requiere algo de reflexión.

Para ilustrar mejor todo esto, aquí les dejo como luce actualmente mi propia lista diaria, y las razones por las que incluí cada una de las tareas que la componen:

1. Eliminar el gluten de mi dieta. Aunque ya he logrado un par de veces eliminar el gluten de mi dieta durante períodos de varios meses seguidos durante los últimos 4 años, la verdad es que a pesar de consumir muy poco gluten hoy en día, no he logrado aún eliminarlo totalmente de mi dieta, a pesar de que es el hábito alimenticio que ha tenido el impacto más dramático y tangible sobre cómo me siento. Así que 2013 definitivamente va a ser el año de la erradicación total del gluten de mi dieta y punto.

2. Correr o nadar todos los días por lo menos 20 minutos, pero no más de 45. A pesar de ser una persona considerablemente activa, durante los últimos 3 años he estado limitando mi actividad aeróbica a unos pocos minutos semanales de entrenamiento de intervalos en el gimnasio. Y aunque me ha funcionado para mantenerme saludable, a finales del año pasado empecé a salir a correr al aire libre y me di cuenta de lo distinto y lo fuerte que es el impacto que tiene hacer ejercicio de esa manera. Ya casi se me hubía olvidado lo refrescante y energizante que es respirar aire fresco y absorver el sol por la piel. Sentí una diferencia gigante en cuanto a lo que afectaba a mi claridad mental, incomparable a nada que pudiese obtener haciendo ejercicio en el gimnasio: mayor capacidad de concentración, mejoría de mi estado de ánimo, y un nivel de relajación más profundo que se siente más bien como una especie de serenidad espiritual que lo acompaña a uno el resto del día.

Ese último aspecto es crucial. Correr, nadar, o cualquier otro ejercicio individual badaso en un esfuerzo constante y repetitivo, sobre todo cuando se realiza al aire libre, en contacto tan cercano con la naturaleza como sea posible, se asemeja mucho a un ejercicio de meditación en movimiento. Y la meditación es, por supuesto, no solo el hábito más fundamental que nos ayuda a crear los demás, sino también la fuente principal de paz mental, esclarecimiento espiritual, y todas esas cosas que suenan más esotéricas de lo que en realidad son. (En algún momento durante este año volveré a una rutina formal de meditación, empezando de a poco, con 10 minutos diarios; pero no hasta que todos los hábitos de esta versión de la lista diaria estén bien enraizados en mi rutina).

3. Una sesión semanal de entrenamiento de fuerza. Voy a seguir las recomendaciones generales de Arthur Jones para hacer un solo set hasta el agotamiento en su “Experimento de Colorado”, pero con menor frecuencia y con al menos 3 minutos de descanso después de cada ejercicio, tal como lo recomienda. En principio no le prestaré atención a si obtengo o no resultados concretos en cuanto a ganar músculo o perder grasa corporal, lo cual requeriría limpiar mi dieta más allá de la eliminación del gluten, y no quiero hacer todavía; mi prioridad durante al menos un par de meses es simplemente reintroducir y arraigar el hábito de hacer un entrenamiento de fuerza todas las semanas.

4. Escritura libre de 750 palabras todos los días. Esta es la manera más simple que se me ocurre para introducir un mínimo de lo que Rosanne Bane llama “proceso” en su libro Around the Writer’s Block: un hábito diario de juego creativo que nos ayude a ponernos en onda creativa y reduzca nuestra resistencia a sentarnos a escribir. Mi prioridad va ser escribir 750 palabras, pero voy a ser lo suficientemente flexible para permitirme de vez en cuando sustituir la escritura libre por otras formas de juego creativo recomendadas por Rosanne, como escuchar música por 30 minutos (pero escuchando de verdad, sumergiéndonos totalmente en la experiencia musical), tomar fotos, o soñar despierto.

5. 15 minutos diarios de escritura estructurada. Este es otro tip de Rosanne Bane: fijarse la humilde meta de escribir un artículo, entrada de blog o cualquier otro formato de escritura estructurada durante 15 minutos diarios. Y de repente uno se despierta un día y se da cuenta de que está escribiendo mucho más tiempo. Parece que la escritura es una de esas tantas actividades en las que la mitad de la batalla se gana con tan solo comenzar. He estado usando esta técnica por aproximadamente 8 semanas y parece que está funcionando, así que voy a mantenerla a ver qué pasa.

6. Cenar ligero. “Ligero” significa más que nada que voy a mantener las porciones reducidas. La verdad es que ya tengo arraigada la costumbre de comer bien balanceado y nutritivo por defecto, así que no tiene sentido introducir demasiados cambios en esta área de momento.

Sinergia

La sinergia entre las tareas de la lista es sencilla. Entre los muchos beneficios que tiene el mantener una dieta libre de gluten está la mejora de los procesos digestivos, lo que se traduce en mayor claridad mental para el trabajo en general, pero especialmente para el trabajo intelectual o que requiera procesar mucha información (como escribir). Una dieta libre de gluten también aumenta la capacidad de absorción de los nutrientes, lo cual ayuda a mantener mayores niveles de energía física y mental.

Cenar ligero ayuda a dormir mejor, que además de ser saludable en sí mismo, influye fuertemente en la productividad a la hora de escribir o trabajar, y también sobre los niveles de energía física, lo que debería aumentar la resistencia al hacer ejercicio tanto al aire libre como en el gimnasio. El correr o nadar al aire libre, debido a su naturaleza cuasi-meditativa, tiene un gran impacto en nuestra capacidad para mantenernos en un estado de conciencia plena, lo cual fortalece en términos generales el desempeño físico y mental. Escribir también refuerza nuestra capacidad para la conciencia plena.

El poder del mínimo indispensable

La lista diaria está pensada para contener el mínimo indispensable de tareas necesarias para implementar hábitos de comportamiento que nos permitan progresar consistentemente en las áreas más importantes de nuestras vidas. Y no es que se vaya a acabar el mundo si no podemos lograr hacerlas todas todos los días, sobre todo durante aquellos en los que estamos sumamente ocupados; a mi manera de ver, es mucho más importante hacer al menos una de estas tareas se haga todos los días, sobre todo durante los horrorosamente poco productivos en todos los otros aspectos. Todos tenemos días de ese tipo. Pero el saber que hemos hecho un mínimo de progreso en un área especialmente significativa, nos permite confiar en que eventualmente terminaremos de hacer todas las cosas verdaderamente importantes.

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Nota: Además de la lista diaria, todavía uso una versión personalizada del sistema GTD para gestionar el progreso de todos los otros proyectos personales y de negocio en los que pueda estar involucrado en algún momento. El sistema ha evolucionado bastante desde la última vez que escribí sobre el tema, así que dentro de poco tocará escribir una nueva entrada al respecto.

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Foto por justin.z