El problema de la revolución violenta

Ésta es la sexta y última entrada de una serie que estoy escribiendo como asignatura de un curso de introducción al anarquismo que estoy tomando en el Centro para una Sociedad sin Estado (C4SS). Para la quinta entrada, hacer click aquí.

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Cómo y cuándo es permitido usar la violencia es un tema fundamental en el anarquismo, tanto en términos prácticos como filosóficos. El principio de la no agresión es el axioma fundamental sobre el que se construye el paradigma anarquista. Y una de sus más importantes implicaciones es el enfoque anarquista del problema de la revolución.

Contrario a la percepción de la mayor parte del público, los promotores de la revolución violenta dentro del movimiento anarquista han sido una minoría a lo largo de su historia. Y aunque siguiendo una lógica un tanto estrecha pudiese argumentarse que filosóficamente la anarquía justifica la violencia contra el estado como una aplicación directa del principio de no agresión (el estado es, por definición, la institucionalización de la violencia agresiva hacia el pueblo), la gran mayoría de los anarquistas se han opuesto, y se oponen, a los medios violentos para llevar a cabo la revolución.

Los ejemplos más obvios los representan los anarco-pacifistas, entre los que se encuentran figuras del tamaño intelectual de Henry David Thoreau y Leo Tolstoy. Pero a manera de ejemplo, veamos lo que otros anarquistas, no considerados como pacifistas, dicen al respecto:

Las revoluciones sangrientas son con frecuencia necesarias a causa de la estupidez humana. Pero son siempre un mal, un daño monstruoso y un gran desastre, no solo por lo que respecta a las víctimas sino también por la pureza y la perfección del fin en cuyo nombre esas revoluciones se suscitan.

Mijail Bakunin

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Guerra a la violencia: éste es el móvil esencial del anarquismo. Desgraciadamente, con mucha frecuencia, no existe otro medio de defensa contra la violencia que la violencia. Pero incluso entonces no es violento el que se defiende, sino el que obliga a los otros a tenerse que defender; no es violento el que recurre al arma homicida contra el usurpador armado que atenta a su vida, a su libertad, a su pan. El asesino es el que pone a otros en la terrible necesidad de matar o morir. Es el derecho a la defensa, que se convierte en sacrificio, en sublime holocausto al principio de solidaridad humana, cuando el hombre no se defiende a sí mismo sino que defiende a los otros en su propio perjuicio, afrontando serenamente la esclavitud, la tortura, la muerte.

Errico Malatesta

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El desorden civil conlleva al fortalecimiento del gobierno, no a su debilitamiento. Puede que tumbe a un gobierno, pero crea una situación en la que la gente desea la instauración de uno nuevo, y más fuerte. El régimen hitleriano nació del caos de los años del Weimar. El comunismo ruso es un segundo ejemplo, una lección por la que los anarquistas del Kronstadt pagaron un alto precio. Napoleón es un tercer ejemplo.

David D. Friedman

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La revolución violenta no solo es destructiva, de hecho fortalece al gobierno dándole un “enemigo común” en contra del cual unir a la gente. La violencia de una minoría en contra del gobierno siempre le da a los políticos una excusa para aumentar las medidas represivas en nombre de “proteger a la gente”. De hecho, el pueblo por lo general se une a los políticos que claman por “la ley y el orden”… la revolución es una manera muy cuestionable de llegar a una sociedad sin regentes, porque una revolución exitosa debe tener líderes. Para ser exitosa, la acción revolucionaria tiene que ser coordinada. Para ser coordinada, alguien debe estar siempre a cargo de ella. Y una vez que triunfa la revolución “El que Está a Cargo” (o uno de sus lugartenientes, o incluso uno de sus enemigos) se adueña de la nueva estructura de poder tan convenientemente construída por la revolución. Puede que él solo quiera “encaminar las cosas”, pero termina siendo otro regente más. Algo así fue lo que pasó en la revolución americana, y miren la situación en la que estamos.

Linda y Morris Tannehill

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Cuando el terrorismo logra destruír un gobierno, simplemente crea un vacío de poder sin cambiar fundamentalmente la mentalidad de nadie acerca de la naturaleza del poder. El resultado predecible es que un nuevo estado, peor que el anterior, aparecerá oportunamente para llenar el vacío.

Bryan Caplan

El enfoque de la revolución anarquista con el que yo personalmente simpatizo es el propuesto por la corriente mutualista del anarquismo, o al menos la versión de ella planteada por Kevin Carson:

El mutualismo no es “reformista”, en el sentido peyorativo que le dan al término los anarquistas más militantes. Tampoco es necesariamente pacifista, a pesar de que muchos mutualistas son pacifistas. La definición de reformismo debería basarse no en los medios que usamos para construír una sociedad nueva o en la velocidad con la que nos movemos hacia ese fin, sino en la naturaleza de nuestra meta final. Una persona que está satisfecha con una versión más amable y gentil de capitalismo o estatismo que todavía sea reconocible como capitalismo de estado, es un reformista. Una persona que busca eliminar el capitalismo de estado y reemplazarlo con algo totalmente nuevo, sin importar qué tan gradualmente ésto se haga, no es un reformista.

La “acción pacífica” significa simplemente no provocar al estado deliberadamente hacia la represión, sino hacer todo lo que sea posible para (en palabras de los Wobblies) “construír la estructura de la nueva sociedad dentro de la cáscara de la vieja” antes de tratar de romper la cáscara. Resistirse al estado no tiene nada de malo si éste trata de reversar, a través de la represión, nuestro progreso en la construcción de las instituciones de la nueva sociedad. Pero la acción revolucionaria debe cumplir con dos requisitos: 1) un fuerte apoyo popular; y 2) no debe llevarse a cabo hasta que llegeumos al punto en el que la construcción pacífica de la nueva sociedad halla alcanzado sus límites dentro de la sociedad existente.

Al momento de escribir esta entrada, una ola de levantamientos populares contra la tiranía estremece al medio oriente, y el caso más sangriento hasta ahora ha sido el de Libia.

Habiéndome imbuído del paradigma anarquista durante estas últimas semanas, no puedo evitar ver el conflicto libio como destinado a fracaso trágico. La sangrienta respuesta de Ghadafi a la insurrección le dio la excusa perfecta a los señores de la guerra occidentales para intervenir en el conflicto. Si los rebeldes logran tumbar a Ghadafi bajo estas circunstancias tendrán, en el mejor de los casos, que responder con la misma efusividad a las demandas de sus benefactores imperiales que a las de su propio pueblo. Y en el peor, el proceso de “transición a la democracia” será manipulado por los poderes benefactores, que implantarán un nuevo tirano amigable a sus intereses. Además, por supuesto, de la gran cantidad de muertes civiles causadas por las “bombas de la libertad” que pasarán a contabilizarse como “daños colaterales”.

Por otro lado, a pesar del obvio desastre estratégico y ético que la revolución violenta puede ocasionar, estoy más seguro que nunca de que la violencia defensiva está perfectamente justificada, y me cuido más que nunca de no descartar cualquier argumento a favor de la violencia sin antes estar seguro de que entiendo si está basado en una postura defensiva.

Me imagino que cualquier persona que se dé cuenta de la violencia inherente en el capitalismo de estado tiene emociones encontradas respecto a estos temas. Por eso es que aunque no comparto su opinión, le presto atención a lo que dice gente como Derrick Jensen acerca de la violencia, y creo que entiendo la idea fundamental de dónde proviene su rabia hacia el sistema. Como mínimo, escuchar a gente como Jensen me confirma la importancia crucial de apoyar y alinear mi vida con el principio de la no violencia. La agresión está destinada a provocar violencia más temprano que tarde, es simple y llanamente inevitable.

Le doy crédito a gente como Jensen por estar al tanto de la verdad básica de que somos criaturas dependientes de un sitema que es inherentemente agresivo hacia el ambiente, y que se sostiene a sí mismo perpetuando la guerra entre nosotros.

Llegados a un punto, cualquiera de nosotros puede encontrarse en la situación de perder a un miembro familiar como consecuencia de los “daños colaterales” del imperio, encontrar el agua potable de nuestras comunidades contaminada por envenamiento industrial, o ser perseguido físicamente por discutir y promover ideas que “deslegitimizan al estado”.

Si ese momento llega, puede que el último recurso que nos quede sea resistir a través de la violencia. Puede que tengamos que matar y estar listos a morir por lo que creemos.

Y paradójicamente, se me ocurre que el darnos cuenta de ese hecho fundamental es una condición necesaria para que podamos decir que estmos verdaderamente vivos.

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¡Robots consumistas del mundo, uníos!

Ésta es la quinta entrada de una serie que estoy escribiendo como asignatura en un curso sobre introducción al anarquismo que estoy tomando en el Centro para una Sociedad sin Estado (C4SS). Para la cuarta entrada, hacer click aquí. Para la sexta, aquí.

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Randolph Bourne, en su épico ensayo titulado “La Guerra es la Salud del Estado”, identifica al impulso gregario (“la tendencia a imitar, a conformarse, a coalescer, que alcanza su clímax cuando la manada se siente amenazada por un atacante”) y el instinto filial (“En el sentimiento hacia el estado a un elemento de puro misticismo filial… el deseo de protección nos regresa al padre y la madre, con quienes asociamos los sentimientos de portección más tempranos”), como dos instintos básicos que el estado explota para mantener su dominio sobre las mentes. Y la guerra es la herrramienta principal con la que el estado exacerba esos instintos.

La preponderancia del consumismo en las sociedades contemporáneas es típicamente asociada con los “mercados libres”, debido al lavado cerebral que las corporaciones llevan a cabo a través de sus campañas publicitarias. Pero el consumismo está enraizado firmemente en el impulso gregario, uno de los dos pilares fundamentales de lo que Bourne llama “la salud del estado”. Y el anarquista de mercado nos diría que ésto no es una coincidencia.

Primero, el anarquista de mercado nos diría que la habilidad que tiene una empresa para lavarle el cerebro a una gran cantidad de consumidores depende del tamaño de los presupuestos publicitarios, que a su vez depende del tamaño de la empresa en sí misma. Y los monstruos corporativos multinacionales de hoy en día simplemente serían económicamente inviables en un sistema de mercado verdaderamente libre; osea, en una economía en donde el estado no promoviese el crecimiento corporativo desmesurado a través de subsidios a la infrastructura de transporte y comunicaciones, patentes, cartelización de costos y leyes de incorporación. Lo mismo podría decirse del tamaño y poder de los conglomerados mediáticos modernos, cuya producción editorial contribuye a transformarnos en ganado conformista tanto como lo hacen sus anunciantes corporativos.

El estado participa en el juego con su propia campaña propagandística, vendiendo su imagen como el gran moderador del consumismo (explotando el instinto filial resaltado por Bourne) a través de sus regulaciones, diseñadas por lobistas corporativos, y aprobadas/ejecutadas por políticos cuyas carreras son tan dependientes de las campañas publicitarias como lo es nuestro apego a las baratijas producidas por las corporaciones que los amparan.

Si la vida diaria en las sociedades modernas de consumo se siente como una lucha por la supervivencia en un ambiente agresivo, en el que la competencia entre empresas, compañeros de trabajo y consumidores narcisistas se parece más a una guerra que a otra cosa, pues es la permeación de la influencia estatal en todas las esferas de nuestras vidas a lo que tenemos que culpar, no a la supuestamente caótica influencia de los libres mercados.

Los sistemas colectivistas, por definición, se basan en la exacerbación del impulso gregario, por lo que engendran patrones frenéticos y despilfarradores de búsqueda de status.

En occidente, el colectivismo alimenta al consumismo robótico y la competencia destructiva por alcanzar posiciones y conexiones de privilegio político. En los sistemas reminiscentes del régimen soviético que aún sobreviven en el mundo se da el mismo proceso, aunque con menos consumismo y más competencia política.

Lo cual no significa que la obsesión de Kim Jong-il con las películas de Hollywood, o la moda de las corbatas Louis Vuitton entre los ministros chavistas, nos permitan acusarlos de inconsistentes.

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“Es complicado”, o la relación del anarquismo de mercado con los impuestos

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En una reciente entrevista, Noam Chomsky, quien quizás sea el anarquista más famoso del mundo, hizo una declaración que le provocaría un ataque de grima a sus primos anarquistas de mercado:

Movámonos a un tipo de sociedad en la que el 15 de abril [fecha en la que vence el plazo para la declaración de la renta personal en los Estados Unidos] sea un día de celebración.

“Lo que nos da grima”, dirían los anarquistas de mercado, al unísono, “es que el señor Chomsky, a pesar de ser lingüista, no ve la contradicción inherente en pedirle a alguien que disfrute de ser forzado a hacer algo. El diccionario dice que los impuestos son contribuciones compulsivas a las arcas del estado, lo que significa que el estado fuerza a la gente a pagarlos. La gente nunca celebrará el pagar impuestos porque a la gente no le gusta que le roben el fruto de su trabajo.”

Pero la contradicción que los anarquistas de mercado ven en la declaración de Chomsky tiene que ver más con Economía que con Lingüística.

A pesar de que su propio trabajo muestra de manera sistemática que el estado ha sido el principal impulsor de la concentración de poder privado a través de la historia, Chomsky es de la opinión de que antes de deshacerse de él, la gente tiene que de alguna manera tomar el control del estado y reformarlo para que de verdad represente sus intereses, y utilizarlo como una barrera de contención contra el poder de la élite corporativa.

Pero para el anarquista de mercado es imposible reformar el estado debido a la naturaleza de su estructura de incentivos, de la cual los impuestos son parte fundamental. Los miembros de cualquier organzación que tenga el poder de usar la fuerza para extraer recursos de la gente cuyos intereses supuestamente representa, tienen un fuerte incentivo para usar esos recursos para promover sus propios intereses, por la sencilla razón de que dicha gente no cuenta con la opción de dejar de contribuír con sus recursos al sostenimiento de la organización. Y la democracia atenúa, más no soluciona el problema, porque el votante promedio sólo puede sacar de sus puestos a los políticos votando en su contra una vez cada varios años; y sólo si convence al 51% del electorado de que voten como él.

La posibilidad de compartir los recursos extraídos a la gente por la fuerza con las corporaciones es lo que da a los políticos la capacidad de ofrecerles lo que equivale a un mercado cautivo a cambio de contribuciones políticas, posibilidades de carrera en el sector privado, y todos los otros favores espúreos que Chomsky ha denunciado tan diligentemente a través de los años.

El argumento en contra de los impuestos promovido por los anarquistas de mercado también contradice frontalmente al que proponen la mayoría de los economistas convencionales, según el cual los impuestos son un mal necesario al que la gente se resigna para solucionar el problema del polizón en la provisión de bienes públicos. Un pilar fundamental del movimiento anarquista de mercado es la enorme cantidad de investigación que han echo a favor de la hipótesis de que el problema del polizón se puede solucionar a través de la acción colectiva voluntaria en lugar de la compulsiva; o de que los problemas para la provisión competitiva de bienes públicos se origina en la intervención del estado en lugar de en las fallas de mercado.

Pero la relación entre los anarquistas de mercado y los impuestos es algo más complicada que el simple pujar por su abolición a cualquier precio y bajo cualquier cirunstancia. Los anarquistas de mercado jamás hubiesen aprobado reducciones impositivas á la George W. Bush y sus neocon-amigotes. De haber tenido que financiar sus aventuras imperialistas y su red de bienestar corporativo con impuestos, la inmediatez del dolor financiero quizás hubiese impulsado al electorado a rebelarse contra el régimen. O al menos hubiese sido más difícil hacerlos creer en embustes sobre armas de destrucción masiva.

O para usar un ejemplo sobre un régimen que supuestamente se encuentra en el extremo ideológico opuesto, los anarquistas de mercado probablemente preferirían que el estado venezolano se financiase mayoritariamente a través de impuestos comunes y corrientes en lugar de los ingresos que obtiene por su monopolio petrolero. Eso quizás le daría a los venezolanos un mayor incentivo para exigir estándares mínimos de transparencia y responsabilidad fiscal al régimen de Hugo Chávez, que actualemente se afinca sobre no uno, sino diez fondos parafiscales para gastar tanto como quiera, en lo que quiera, en favor de quien se le de la gana, sin tener que rendirle cuentas a absolutamente nadie.

Pero si retrocedemos un poco en la historia contemporanea de venezuela nos encontraremos con que más de un anarquista de mercado, a pesar de estar perfectamente conscientes de los graves problemas ocasionados por los subsidios a cualquier forma de transporte, se opondrían con igual vehemencia a la eliminación tipo “terapia de shock” de los controles de precios del combustible implementados por el régimen de Carlos Andrés Pérez hacia finales de los 80 con el respaldo del Fondo Monetario Internacional, lo cual fue la causa fundamental del caracazo y legitimó el intento de golpe de estado perpetrado por Chávez. En palabras de Kevin Carson:

Las prioridades estratégicas de los libertarios con principios deberían ser exactamente las opuestas: eliminar primero las formas fundamentales, estructurales de intervención estatal cuya principal consecuencia es facilitar la explotación, y sólo después desmantelar las formas secundarias de intervención estatal cuya función es hacer la vida un poco más llevadera para la gente de a pie que vive bajo un sistema de explotación facilitada por el estado. Tal como lo dijo el blogger Jim Henley, romper el yugo antes de retirar las muletas.

En éste sentido, una propuesta para distribuír el ingreso petrolero entre los venezolanos de manera más eficiente y transparente, usando un mecanismo de transferencias condicionales parecido a “Bolsa Familia” en Brasil, probablemente sería apoyado por el anarquista de mercado como un paliativo necesario, al menos hasta que puedan desmantelarse las formas fundamentales de intervención estatal que son la principal causa de la pobreza.

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Subsidiando el Apocalipsis

Ésta es la tercera entrada de una serie que estoy escribiendo como asignatura en un curso sobre introducción al anarquismo que estoy tomando en el Centro para una Sociedad sin Estado (C4SS). Para la segunda entrada, hacer click aquí. Para la cuarta, aquí.

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Cualquier libro de texto de Economía le enseña a uno que los monopolios son malos. Cobran precios inflados a sus clientes por bienes de calidad mediocre, y explotan a sus trabajadores, pagándoles menos de lo que su trabajo valdría en un mercado verdaderamente competitivo.

Pero casi todos los libros de texto también nos dicen que los monopolios a veces son inevitables; que hay industrias en las que de alguna manera, los monopolios emergen como resultado de la dinámica competitiva del libre mercado. Y la única manera de corregir la situación, según nos dicen los libros de texto, es que el estado regule estos “monopolios naturales” para proteger los interses de consumidores y trabajadores.

Por otro lado, el anarquista de libre mercado ve a los monopolios como criaturas que no pueden sobrevivir sin la intervención del estado. Nos invitan a considerar más detenidamente lo que asumimos que son mercados libres y a descubrir las poderosas y sutiles fromas intervención estatal que abundan en las sociedades modernas, y que sistemáticamente favorecen a las grandes empresas establecidas de cada industria.

Por lo general se asume que los gobiernos deben subsidiar la construcción de autopistas, carreteras y otros tipos de infrastructura de transporte como prerrequsito indispensable para el desarrollo económico. Pero la perspectiva anarquista sobre éste tema le da una vuelta de 360 grados al argumento. Kevin Carson señala que al reducir artificialmente los costos de distribución, los subsidios al transporte permiten que las empresas establecidas en una industria crezcan mucho más allá del punto en el que las economías de escala adicionales serían compensadas por el crecimiento en los costos de distribución de no existir dichos subsidios.

Es así como los anarquistas de mercado coinciden con la izquierda tradicional en su denuncia de la WalMartización de la sociedad, pero difieren en su recomendación para remediarla: eliminar los subsidios al transporte, en lugar de subsidiar a las tiendas locales.

Además, los anarquistas de mercado han invertido una gran cantidad de tiempo y esfuerzo en investigar las distintas formas de ineficiencia e irracionalidad que surgen en las grandes organizaciones y las des-economías de escala que éstas crean. En este sentido, contradicen tanto a los economistas neoclásicos como a representantes de la escuela Austríaca de la talla de Ludwig von Mises, quien a pesar de criticar la pesadilla organizativa soviética, negaba la existencia de problemas de la misma índole en la mega-corporación capitalista; y van mucho más allá en su análisis del problema que otros austríacos como Murray Rothbard, que limitó su crítica a los problemas de formación de precios de transferencia dentro de la gran empresa.

Con el marco de análisis del anarquismo de mercado resulta mucho más fácil comprender la perversidad de la cultura corporativa actual, que predomina en una clase gerencial burocratizada tendiente al autoritarismo y al saqueo, poniéndola en franca oposición a los intereses de sus clientes, empleados y accionistas.

Es así como la intervención estatal es la que permite el crecimiento de una cultura corporativa sumamente parecida a la de la burocracia estatal misma. Y ésto no es sorprendente cuando se lo mira a través del paradigma del anarquismo de mercado, que denuncia al estado como la forma quintaesencial de monopolio.

La relación simbiótica entre corporaciones y estado crea una dinámica perversa de crecimiento económico que necesita de guerras imperialistas para autosostenerse. Las corporaciones se benefician de éstas guerras como proveedoras de material bélico, por la expansión de su sistema de privilegios a mercados foráneos, y por la deposición de capital sobreacumulado. El estado se beneficia con la mitigación del desempleo para pacificar al electorado, e institucionalizando una atmósfera de miedo entre los ciudadanos que le brinda la excusa para aumentar enormemente sus poderes.

La próxima vez que escuches que al proveer fondos para la construcción de infraestructura el estado promueve el desarrollo económico, recuerda que según la perspectiva del anarquismo de mercado, en realidad lo que está haciendo es subsidiar el Apocalipsis.

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Agresión

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Para mí, la agresión es la iniciación de violencia hacia una persona o su propiedad. Iniciar una pelea a los puños, robar, cometer un fraude o lanzar una guerra de conquista son casos obvios de agresión, y obviamente distintos de otras formas de influencia negativa sobre los demás. Puede que a uno le moleste que su vecino escuche música a todo volumen durante la noche, que le repugnen los modales en la mesa de la persona con la que uno esté cenando, o que le horrorice la adicción a la pornografía del prógimo. Pero difícilmente podría argumentarse que uno se siente agredido en ninguno de éstos casos. Esa ha sido siempre mi opinión sobre estos temas, por lo que fue una sorpresa agradable encontrar que coincide con la posición anarquista al respecto.

La difinición de lo que constituye una agresión se ve influenciada por cuestiones culturales. Supongamos que los miembros de una nación hipotética consideran de manera unánime, y por razones religiosas, que el adulterio es una aresión, y que por lo tanto condonan la acción violenta que cualquier persona pueda cometer contra un cónyugue adúltero, entendiéndola como legítma autodefensa.

Esta práctica es claramente inaceptable desde una perspectiva anarquista. Pero además, el anarquista nos instaría a estudiar cuidadosamente a esa nación para determinar si en realidad sus ciudadanos condonan unánimemente la agresión contra el adulterio, o si se trata de que un subgrupo de ellos controla al estado y lo usa para imponer agresivamente ésta idea a los demás.

Por otro lado, el anarquista nos diría que a pesar de tratarse de una práctica moralmente inaceptable, la intervención de un estado extranjero en dicha nación, con el objetivo declarado de acabar con dicha práctica, generaría más problemas que los que puede resolver. Nos diría que la misión podría fácilmente ser capturada por los que controlan el estado en la nación invasora para convertirla en una agresiva aventura de conquista que los beneficiaría a elllos a expensas de los ciudadanos tanto de la nación invasora como de la invadida. En una situación extrema como el holocausto Nazi de la Segunda Guerra Mundial, el anarquista apoyaría la invasión aliada de Alemania por razones exclusivamente pragmáticas, ya que en un mundo en el que los estados han logrado monopolizar el poder militar, puede que un estado sea la única entidad capaz de parar las horrorosas masacres perpetradas por cualquier otra de ellas. Pero incluso en esa situación, el anarquista mantendría una postura vigilante ante la posibilidad de que el estado invasor terminase utilizando la situación para fines políticos innobles.

Los anarquistas están particularmente interesados en estudiar una manera aún más fundamental en la que se relacionan el concepto de agresión y la cultura de una nación: la maquinaria propagandística usada por los estados para manipular la manera en que la gente percibe ciertas acciones agresivas como autodefensivas. La actual invasión de Iraq y Afganistán liderada por los Estados Unidos fue agresivamente publicitada por los invasores como una defensa legítima ante una inminente ola de ataques terroristas que serían patrocinadas por los estados de las naciones invadidas. Y la gente fue especialmente receptiva a ese argumento debido al trauma producido por los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 en la ciudad de Nueva York.

Grandes empresarios trabajan de la mano de políticos en el mundo entero para promover la versión neoliberal del “libre mercado”, cuando en realidad lo que buscan imponer es un agresivo sistema de subsidios, licencias, patentes y otras formas de privilegio estatista que concentra el poder económico en unas pocas empresas en cada industria para el detrimento de trabajadores, consumidores y contribuyentes. Para un ejemplo sumamente incisivo y actual que ilustra el abuso propagandístico del estado para ocultar simultáneamente sus prácticas imperialistas y de privilegio a empresarios domésticos bien conectados, ver este reciente artículo escrito por Glenn Greenwald sobre el rol de los Estados Unidos en la crisis egipcia.

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Exploración anarquista

Ésta es la primera de una serie de entradas que estoy escribiendo como asignaturas en un curso de introducción al anarquismo que estoy tomando en el Centro para una Sociedad sin Estado (C4SS). Para la segunda entrada, hacer click aquí.

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Hace algo más de un año terminé una especie de año sabático que me tomé para no hacer absolutamente nada aparte de descansar, recargar las pilas, y aclarar bien qué es lo que realmente quería hacer con mi vida.

Una de las pocas cosas que sí hice durante ese año fue comenzar a practicar Tai Chi Chuan, Nei Kung y meditación taoísta. Y ahora que sé un poco más sobre el tema, estoy seguro de que tuvo un impacto importantísimo en mi evolución desde entonces.

Para los antiguos maestros chinos, el despertar político complementaba al despertar moral y espiritual. Veían en las artes marciales más que una herramienta en esa forma extrema de conflicto político que es la guerra: también eran un vehículo para alcanzar un estado superior de conciencia, de conexión con el cosmos que espontáneamente moldearía un carácter virtuosos en el guerrero. Lo llamaban el estado de la “acción si esfuerzo” (wu-wei), que a su vez era considerado como la clave para la armonía socioplítica, la paz y la prosperidad de los pueblos.

De hecho, empecé a practicar Nei Kung dos años antes de tomar mi año de descanso, y ahora creo que fue el principal disparador de un instenso proceso de transformación personal que llegó a su clímax durante dicho año. Al principio, mientras más practicaba Nei Kung, más sentía esa astilla en mi mente: una disatisfacción profunda con la ciudad en la que vivía y el trabajo al que me dedicaba, a pesar de los privilegios materiales que me brindaban. Una sensación vaga, pero persistente, de que los dos representaban algo que estaba retorcidamente mal en el mundo. Ésa sensación fue la que definitivamente me convenció de que tenía que pasar la página y dejarlo todo atrás.

Mi curiosidad incial con el taoísmo empezó muchos años atrás, pero se limitó exclusivamente a sus prescripciones en cuanto a salud y vitalidad física. El único texto sobre taoísmo que leí por esos días fue un libro sobre filosofía médica China de un autor bastante new age, por lo que nunca me hubiese podido imaginar el impacto que el Nei Kung iba a tener en la manera como abordaría la espiritualidad o la política.

El antiguo maestro taoísta Zhuangzi creía que la debilidad del hombre provenía principalmente de su naturaleza social, que lo hace excesivamente dependiente del lenguaje y de nociones socialmente construídas del bien y del mal, distrayéndolo de su brújula moral interna. Quizás por eso, en esa época al entrenamiento físico daoísta se le denominaba “entrenamiento interno”, la meditación presumiblemente formaba parte importante del mismo, y su objetivo principal era “vaciar la mente” de esas construcciones sociales para permitirle a uno reconectar con una profunda fuente de intuición moral esclarecedora.

Durante este largo proceso de despertar he explorado temas que en otro momento solía descartar debido a sus connotaciones sociales negativas. Por ejemplo, si un autor era considerado por la mayoría como “extremista”, simplemente lo descartaba sin ni siquiera leer o escuchar una palabra sobre su discurso.

Pero si lo que Zhuanzi decía es verdad, debe haber sido el Nei Kung lo que destapó mi curiosidad hacia movimientos políticos alternativos.

Ha sido un camino intelectual largo y tortuoso, en el que descubrí mucha gente interesante y movimientos con los que, para mi sorpresa, terminé simpatizando mucho más de lo que jamás hubiese podido con ninguno de los movimientos políticos dominantes hoy en día que conozco.

Sin embargo, la mayoría de la gente y los movimientos políticos que descubrí no me terminaban de cuadrar del todo. Por ejemplo, gente como G. Edward Griffin, Adrian Salbuchi, Alex Jones y otros dentro de lo que se podría denominar el movimiento anti “Nuevo Orden Mundial” en mi opinión hacen críticas muy acertadas sobre cómo funciona el mundo, pero también estoy en desacuerdo con muchas de sus ideas en economía, su tendencia a ir demasiado lejos con las teorías conspirativas, y en el caso de Adrian Salbuchi, sus opiniones sumamente conservadoras en cuanto a los derechos de los homosexuales y otros temas sociales importantes.

No fue hasta hace poco que me encontré con un movimiento con el que me siento plenamente identificado en prácticamente todos los temas que plantea: el mutualismo, una variedad de anarquismo también conocida como “libre mercado anticapitalista,” o como una rama de lo que suele llamarse “libertarianismo de izquierda.”

No voy a expandirme sobre las particularidades del mutualismo en esta entrada. Eso lo haré durante las próximas semanas, publicando en este blog las asignaturas de un curso que voy a tomar en el centro Centro para una Sociedad sin Estado (Center for a Stateless Society). El link anterior es un buen lugar para empezar a aprender sobre el tema, pero antes quiero aclarar algo: el anarquismo no es lo que la mayoría de la gente cree que es. Estoy seguro que cualquier persona que se tome el tiempo para leer la literatura básica sobre el tema se dará cuenta que el anarquismo no tiene nada que ver con las connotaciones negativas con las que normalmente se le asocia. De nuevo, la actitud correcta en estos temas es la de Zhuangzi: abordarlos con una mente abierta, sin dejarse llevar por arrebatos prejuiciosos.

Hay decenas de variedades de anarquismo esparcidas por el mundo, muchas en confrontación ideológica entre ellas mismas, pero en lo que todas coinciden es que la sociedad funcionaría mucho mejor sin la institución que conocemos como el estado.

Si tu reacción inicial es pensar que se trata de otra forma más de utopianismo, ten en cuenta que la mayoría de los autores anarquistas que he leído son muy claros en rechazar la noción de utopía desde el principio. Según su manera de ver las cosas, en una sociedad anarquista seguiría existiendo el crimen, el desperdicio y la injusticia, pero reducidos a su mínima expresión, ya que ellos ven en el estado a la causa institucional básica de estos problemas sociales.

También puede que seas de la opinión de que el estado contribuye al bien de la sociedad en el sentido en que la mayoría de los movimientos políticos de izquierda lo proponen, y que eliminarlo ocasionaría un caos social. A ésto solo puedo responder que el mutualismo puede ser un campo interesante para explorar argumentos opuestos a esa creencia, e ideas alternativas sobre organización social que buscan alcanzar los objetivos con los que tanto te identificas a través de medios totalmente diferentes, o incluso opuestos, a los que estás acostumbrado a considerar.

En cualquier caso, si haz leído hasta aquí sin que te ahuyentasen mis esotéricas cavilaciones taoístas, estoy seguro que podrás tolerar mis reflexiones anarquistas… aunque no estés de acuerdo con absolutamente nada de lo que digo.

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Dubai y yo


Esta entrada fue publicada originalmente en inglés el 23 de abril de 2009.

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Como probablemente sabrán muchos de los lectores de este blog, viví y trabajé en la ciudad de Dubai durante varios intervalos de tiempo hasta finales del 2008. En total, habré pasado en Dubai algo más de un año.

Últimamente ha habido mucho debate sobre Dubai en la prensa internacional y la blogosfera, en gran parte debido a un artículo sumamente crítico del modelo de desarrollo económico perseguido por el emirato árabe, escrito por el periodista británico Johann Hari en el diario The Independent.

Como respuesta al artículo de Hari, Sultan Al Qassemi, un prominente hombre de negocios y columnista del diario emiratí The National, respondió al artículo de Hari con otro que criticaba al Reino Unido con un tono igualmente ácido y crítico, publicado también en The Independent.

Resulta ser que por casualidad soy miembro de una red social a la que pertenece también Al Qassemi, en la que publicó un foro de discusión para dar a conocer su respuesta a Johann Hari.

El foro generó más de 300 respuestas. Mucha gente vio el artículo de Al Qassemi como sesgado y a la defensiva, mientras otros lo consideraron acertado por criticar al Reino Unido con la misma saña que Hari lo hizo con Dubai.

Mi opinión sobre el modelo socioeconómico de Dubai es la razón principal por la que decidí dejar la ciudad y la línea de negocio a la que me dedicaba hacia finales del 2008.

Irme de Dubai marcó el comienzo de un proceso de crecimiento personal que me dio mucha claridad acerca de lo que de verdad considero importante en la vida y de cuales son las cosas a las que verdaderamente quiero dedicar mi tiempo y esfuerzo. Como este blog es una de esas cosas, decidí publicar aquí una versión levemente editada de mi respuesta al artículo de Al Qassemi en el foro de discusión, porque resume bastante bien algunas de las lecciones que aprendí durante mi estadía en Dubai:

Conozco muy bien y reconozco plenamente el lado positivo de Dubai. Pero también estoy muy consciente de sus aspectos sumamente negativos. Viví allí durante poco más de un año, trabajando como promotor de imagen de los Emiratos Árabes Unidos al resto del mundo.

De hecho, puedo decir que Dubai marcó un antes y un después en mi carrera. La ciudad me sumió en una especie de crisis existencial que me hizo abandonar el glamoroso y muy rentable negocio de relacionista público de países.

Antes de vivir en Dubai, yo veía mi trabajo como compensador del típico sesgo que lleava a la prensa internacional a concentrarse en las noticias negativas provenientes del mundo en desarrollo, generando una controversia morbosa que ayuda a disparar los números de audiencia.

Llegué a Dubai a principios del 2007 pensando que además de hacer buenos negocios, iba a contribuír con algo con lo que me sentía personalmente comprometido. Nací y crecí en Venezuela, un petro-estado que pudo haberse convertido en un Dubai latinoamericano si no hubiese sido por décadas de gobiernos democráticamente elegidos pero que saquearon al país de manera descarnizada, robando la mayor parte de los ingresos petroleros del país. El resultado inevitable fue el auge del perfecto demagogo populista que es Hugo Chávez, que sigue saqueando el erario público tanto como los políticos del viejo régimen a los que desplazó del poder.

Así que en mi visión del mundo para ese entonces Dubai era un ejemplo de la fórmula adecuada para alcanzar el desarrollo económico: una “dictaudura benevolente”. Sabía que en Dubai las condiciones de los trabajadores no eran las ideales, la prensa estaba censurada y no existían muchos de los derechos civiles que solo la democracia puede garantizar. Pero me preguntaba si quizás todo eso era un precio que valía la pena pagar, al menos durante una etapa, para que una élite manejase el país de la manera más eficiente posible.

Y la verdad es que durante los primeros tres meses tuve una luna de miel con Dubai. Todos los líderes del sector público y privado tenían un discurso articulado y consistente acerca de hacia dónde creían que debía ir el emirato, y el país, en términos de progreso económico en el largo plazo. Su generosidad, hospitalidad y buen humor se complementaban con su profesionalismo y brillantez intelectual. Un día hasta almorcé con el Jeque Nahyan bin Mubarak Al Nahyan, Ministro de Educación… y Pelé. Estaban negociando la instalación de una academia futbolística para niños en Abu Dhabi. ¿Quién podía negar que esta gente estaba de verdad haciendo cosas positivas por su país?.

Y por supuesto, el estilo de vida ayudaba bastante a ver las cosas positivamente. Dubai era extremadamente seguro, era prácticamente imposible que a uno lo asaltaran (o lo mataran, como fácilmente puede suceder en Venezuela) en la calle. El nivel de la vida nocturna está a la par, o incluso es más elevado que en muchas capitales occidentales. Hoteles de cinco (o si el presupuesto lo permite, de siete) estrellas en los que se puede disfrutar de los brunches más decadentes del planeta, en los que por un precio fijio se pueden disfrutar manjares de diez países distintos, y tragar todo el champagne que el cuerpo aguante. La playa. El desierto imponente y misterioso. Los aspectos positivos de la vida en Dubai eran materiales, tangibles, y de alguna manera me sentía contento de hacérselas saber al mundo. Y cuando a uno le pagan lo que en Dubai se paga por ese tipo de trabajo, es difícil darse cuenta de que repentinamente uno está viendo todo a través de lentes color rosa que le impiden distinguir cosas más pequeñas y sutiles, pero que constituyen la clave para entender el lado oscuro del emirato. Pero de eso hablaremos más tarde.

¿A quién podía importarle un bledo los precios exhorbitantes causados por la burbuja inmobiliaria? Después de todo, yo nunca hubiese podido alquilar, ni mucho menos comprar, en Europa o los Estados Unidos, nada parecido al departamento de dos baños y dos habitaciones, con vista a una marina espectacular, con gimnasio y piscina olímpica, en el que vivía en Dubai Marina. La mano de obra era tan barata en comparación con occidente que no solo ayudaba a compensar la subida de precios inmobiliarios causada por la demanda desbocada, sino que también me permitía contratar una mucama simpática y extremadamente eficiente tres veces por semana. Y por supuesto, a Ahmed, un chofer pakistaní que me salvaba de desperdiciar la infinidad de horas que se necesitaban para hacer cualquier mandado en medio del tráfico esquizofrénico y el calor asfixiante de Dubai. En realidad, Ahmed prácticamente no sabía conducir. Pero era joven, necesitaba desesperadamente el trabajo, y por lo menos me quitaba de encima la pesadilla de hacer mandados. Así que decidí ponerlo a prueba por dos meses a ver qué tal.

Pero había otro problemita fastidioso con Ahmed: el muchacho apestaba. Era desesperante. Parecía que no se había duchado en días. La situación llegó a un punto en el que tuve que sentarme con él y plantear el tema frontalmente porque era imposible estar con él en el auto más de media hora.

Y ahí fue cuando mi luna de miel con Dubai llegó a su abrupto final.

La explicación que me dio Ahmed sobre su problema de higiene personal me puso al tanto de cómo vivía él en Dubai con lujo de detalles. Y la verdad es que a pesar de que sabía que él no era mi vecino en Dubai Marina, jamás me hubiese imaginado que tenía que compartir un pequeño departamento en Sharjah, de la mitad del tamaño del mío… con 18 personas. No les quedaba otra que turnarse para usar la ducha, y a veces cada turno tocaba con un par de días de por medio.

Y por supuesto, el desodaorante estaba más que fuera de su presupuesto. Ese dinero lo necesitaba para comer su única comida del día (con razón notaba un aire de euforia en su mirada cuando lo invitaba a un sándwich y una Coca Cola durante un viaje largo). Una comida al día. No me lo podía creer. ¿Estaba entonces mejor en Dubai que en Paquistán o no? Me respondió con una sonrisa: Algún día lo estaría. Pero durante unos cuantos años más todo iba a ser sacrificio. Se había metido en una deuda bastante grande para financiar su viaje a Dubai. Y por supuesto, si yo decidía emplearlo después de su período de prueba obtendría una visa a través de mi empresa, lo cual lo liberaría de tener que pagarle la casi totalidad de su sueldo a un empresario emiratí a cambio de la visa que tenía en ese momento.

Me dio tanta vergüenza haber sacado el tema con Ahmed que de ahí en adelante me propuse aguantarme su hedor a cualquier precio. Al final lo tuve que despedir porque chocó el auto dos veces. Pero eso demuestra lo lejos que estuve dispuesto a llegar para, de alguna manera, compensar mi torpe e insensible crítica.

Pero ese percance con Ahmed me causó más que vergüenza y culpa. No podía dejar de preguntarme como era posible que los líderes en Dubai, que claramente tenían el poder, los recursos, el aparato administrativo y la capacidad organizacional para implementar políticas, hubiesen sido incapaces de proveer, durante los últimos 20 años de crecimiento económico explosivo, las condiciones mínimas para que los trabajadores como Ahmed pudiesen al menos darse una maldita ducha todos los días. En Amércia Latina y África podría argumentarse que incluso si un país llegase a tener un líder perfectamente benevolente y dedicado a su pueblo, la burocracia es tan terriblemente ineficiente, las poblaciones tan inmensas, los barrios marginales tan caóticamente sobre-dimensionados, que implementar las políticas más básicas puede a veces ser una tarea casi imposible. Pero… ¡¿En Dubai?! ¿Era esto una señal inequívoca de que a los gobernantes cuya imagen yo promovía con mi trabajo simplemente les importaba un bledo la condición de gente como Ahmed?

Una cosa era ver a los obreros de la construcción trabajar venticuatro horas bajo el sol implacable, y escuchar los rumores acerca de cómo muchos de ellos saltaban al vacío desde lo alto de los rascacielos en construcción para cobrar una compensación para su familia y terminar con su existencia miserable. Me se sentía temporalmente avergonzado, pero todo terminaba en cuanto apartaba la mirada de la de la ventana trasera de mi auto y me relajaba en la delicia de su aire acondicionado. O tan pronto como cambiaba el tema de conversación con mis amigos y me concentraba en discutir cosas más cotidianas.

Pero escuchar a Ahmed hablar directamente sobre su situación en Dubai era totalmente distinto. No me podía sacar nuestra conversación de la cabeza. Era una piedrecita en mi zapato. Un odioso rasguñito en mis lentes color rosa que no me dejaba tranquilo, amenanzando rasgar la pintura rosada por completo para mostrarme que Dubai también tenía otros colores, por demás oscuros.

Y después de pensar en el asunto varios días me dí cuenta de algo bastante esclarecedor. Lo que en realidad me molestaba, la fuente de esa sensación que me retorcía las tripas y que más adelante me convenció de que no podía vivir en Dubai a pesar de su exhuberancia material, no era el percance que tuve con Ahmed en sí mismo. Tampoco era mi incipiente convicción acerca de lo poco que le importaban las condiciones de los trabajadores a los gobernantes de Dubai. Lo que me estaba consumiendo por dentro era el hecho de que independientemente de si tuviese razón o no, no me era permitido expresarme sobre el asunto.

Nunca he tenido demasiado entusiasmo por participar en temas políticos. Nunca he participado en una marcha o una protesta pública. Pero no podía soportar saber que no podría hacerlo si quisiese. No tenía ese intangible y asumido derecho a la libre expresión que me hubiese permitido quemar la bandera de mi país y gritarles los peores insultos a cualquier político para por lo menos hacer un gesto simbólico que les hiciera saber que me daba cuenta de lo desalmados que eran. Todo sin importar que mi opinión se correspondiese con los hechos o no.

De un solo sopetón me di cuenta de que nunca había vivido en un país sin democracia, y de cuánto había llegado a subestimar la importancia de poder decir lo que se me antoje aunque a los demás les pareciese inadecuado, sesgado o estúpido. No puedo describir con palabras lo similar que ese sentimiento era a la asfixia. Y puedo asegurar que no me lo ocasionaba el calor o las tormentas de arena: los ataques más fuertes los tuve en la Matrix de aire acondicionado que eran los mega centros comerciales de Dubai, en sus hoteles y spas de cinco estrellas, y en los rascacielos del distrito de negocios… No hubiese podido respirar ni en la bizarra pista de ski con nieve artificial de uno de sus centros comerciales. Cualquier cosa construída con mano de obra esclava disparaba el efecto asfixia automáticamente.

Y ni siquiera voy a entrar en el tema de expresarme sobre derechos civiles más “sutiles.” No sé dónde hubiese ido a parar si en medio de un ataque de sinceridad y cursilería se me hubiese ocurrido pasearme por la calle peatonal adyacente al súper rascacielos en el que vivía para leerle a los transeúntes mis notas sobre lo que pensaba de la burda hipocresía con la que el régimen abordaba temas como el sexo extra marital, la prostitución rampante, o los derechos de los homosexuales.

Ruego que los participantes en este foro perdonen mi vehemencia. Les aseguro que de alguna manera, extraño a Dubai. Me quedan muchos amigos allá, y todavía aprecio sus aspectos positivos. Una parte de mí desea que Venezuela hubiese tenido la fortuna de contar con la capacidad gerencial de muchos de sus líderes, y con la brillantez de muchas de sus políticas económicas. Pero sencillamente ya no estoy dispuesto a abandonar la democracia por ninguno de esos aspectos positivos. Ahora estoy absolutamente seguro de ello. Puede que la democracia tenga muchos problemas, pero se corresponde a la perfección con la más básica condición humana. Es tan necesaria como el aire que uno respira.

Llegados a este punto, quizás se sorprendan que me alegro de leer el artículo de Sultan. Y no es porque yo fui en su momento un ávido lector de sus artículos en Dubai. De hecho, recuerdo haber leído más de diez veces uno que era especialmente crítico del régimen. En ese momento estaba llegando a la etapa terminal de mi ataque de asfixia metafísica, por lo que leer a alguien que dijese algo que no fuese extremadamente positivo sobre Dubai se sentía, literalmente, como una bocanada de aire fresco.

La razón por la que celebro la respuesta de Sultan a Johann Hari es que a pesar de que ambos quizás hayan sido bastante sesgados en sus opiniones, están jugando el delicioso e inevitable juego que surge cuando se deja a la gente ejercer la libertad de expresión. Puede que el juego sea imperfecto, y a veces hasta destructivo; pero la imperfección es inevitable, y la destrucción engendra creación. Es un juego que debemos celebrar a pesar de que a veces sea tonto e irracional, porque cuando se le deja seguir su cauce, trae más beneficios que costos para la sociedad. Dejemos que Sultan responda como se le dé la gana, si con ello siente que se está expresando plenamente, y se le permita a otros contradecirlo. Felicito su agradecimiento a The Independent por publicar su artículo. Eso dice mucho de quién es él realmente. Los gobernantes de Dubai están viendo a uno de sus más prominentes compatriotas enzarzarse en el juego, y algo me dice que mucho pueden aprender al presenciar éste debate encarnizado. Algo me dice que éste es el tipo de cosas que necesitan ver para poco a poco caer en cuenta de que tienen que dejar que el juego se esparza como un virus por su ciudad. Y con toda seguridad, éso va a contribuír a remediar muchas de las injusticias que hoy se cometen en su tierra.

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